El Comienzo

17/12/1995

“Querido Diario:

Hoy voy a empezar a escribir, porque quiero que estos días queden grabados para siempre. A ver si puedo seguirlo.

Para empezar, a mi me gusta un niño que se llama Jacinto. Lo conocí hace tiempo, ahora no recuerdo el día. La historia fue esta: yo iba a cambiarme de clase, ya era el último día y yo en el recreo, estaba arreglando todo el papeleo…”

Esta soy yo con 14 años y este es el nivel. No, no fue a mejor. Pero sigo haciendo la “y” de esa forma tan cuca.

Ya apuntaba maneras con esa forma de escribir en especie de haikus desesperantes, tan característicos míos. Tan voy a comerme el mundo amigos con mi destreza narrativa.

Por desgracia esos días sí quedaron grabados para siempre, pero necesidad de ello no había ninguna, viéndolo ahora 23 años después.

Jacinto era un especímen bueno, el loser de tercero de la ESO, ahí debí haber empezado a vislumbrar la clase de mala pipa que iba a tener para elegir hombres, pero en aquel momento el futuro era brillante y Jacinto – Jacinto, ¿vale? – un muchacho apuesto y marginado. La magia estaba en el aire.

La caja

Hace unos 3 años vivía con mi chico y nos separamos. Esto aquí descrito en una simple frase, ocasionó un poderoso tsunami en mi vida, cuyas consecuencias aún colean. Una de ellas fue mudarme de vuelta a casa de mis padres. Una vez allí, tuve que meter gran parte mis cosas en el trastero ya que apenas cabíamos, de manera que en ese espacio se amontonaron cosas como una elíptica, cientos de tapers, gran parte de mi autoestima y varias cajas con diversidad de contenido: gilipolleces.

El otro día me asomé por el cuarto de las ratas – así llama mi madre a ese lugar inhóspito donde se acumula el pasado y mis trastos – a buscar otra cosa, pero de pronto, me encontré con La Caja.

He querido ser escritora desde que era pequeña aunque nunca me he puesto a escribir nada serio. Por el contrario, me he dedicado a ir apuntando en una serie de libretas todas las ideas, argumentos, pinceladas, diálogos, notas mentales y lamentos que se me iban ocurriendo, documentando diferentes épocas de mi vida con la firme idea en la cabeza de que algún día, de un futuro no muy lejano, todo aquello se convertiría en Best Seller.

Eso no ha pasado. Por una sencilla razón: soy muy mala. Soy malísima.

El contenido de La Caja eran todas aquellas libretas y no pude evitar ponerme a ojear algunas, allí sentada, entre los cachivaches que un día componían mi vida y acabé echando una tarde más entretenida que unas palomitas y un maratón de Netflix.

Vaya descojone.

La primera datación consta de 1995 y la última de 2013. Entre medio, una serie de desvaríos, ideas revolucionarias, declaraciones de intenciones, anotaciones para futuras novelas de éxito mundial y bucles horripilantes de letanías que, de alguna manera, han de ver la luz. Mi Obra Magna. Eso no puede estar en un trastero, la Humanidad la necesita. Necesita a mi Yo del Pasado, a ese al que te dan ganas de cogerle por las solapas y pegarle dos tortazos. Tú también tienes un Yo del Pasado. Dios, qué pesado es el mío. Ya veréis.

Así que, comenzamos.

PD: En este Post he repetido “me” 5 veces. “caja” 3 veces y “cosa” otras 3 si no más. He aquí un claro ejemplo del por qué mi sueño de convertirme en la nueva Stephen King se diluyó bastante. Una vez una profesora de un taller de escritura – que firmaba como C. – me dijo que mi relato la había puesto nerviosa porque repetía “cosa” una y otra vez. Pero es que “cosa” es una de mis palabras favoritas. Y como esto va de “otra cosa”, sólo te digo una “cosa”:
Chúpate esa Cepunto.